Seguimos recordando a grandes estrellas del deporte que comenzaron su carrera en Juegos Panamericanos y hoy es el turno de la mexicana Ana Gabriela Guevara, nacida el 4 de marzo de 1977 en Heroica Nogales, Sonora.

La atleta tenía 22 años en Winnipeg’99 cuando comenzó a labrar su enorme carrera. Se embolsó el oro en los 400 metros, con 50.91 y su mezcla de potencia y velocidad anticipó que había nacido una estrella.

Hasta su retirada el 2007, Guevara acumuló otros dos metales dorados en los Panamericanos, un oro y un bronce en los Mundiales, una plata olímpica en Atenas 2004, una Liga de Oro, una final del Grand Prix y una Copa del Mundo, entre otros galardones.

Guevara con una de sus tantas medallas

Pero antes que Ana Gabriela se convirtiera en la referente del deporte en su país, quiso ser como Michael Jordan. De pequeña empezó a jugar al baloncesto “el sueño de cualquier atleta era representar al equipo de la ciudad”, recuerda. Eso fue hasta los 18 años cuando su entrenador, Luis Cruz, le dijo “lo tuyo es correr”.

Y corrió hasta lograr lo que ninguna atleta mexicana había logrado nunca. Con sólo 19 años y sin ninguna experiencia en la pista, llegó a ser la mejor nacional. De ahí escaló sin tregua hasta ganar el oro en los Panamericanos de Winnipeg 99.

Se consagró con el oro en los 400 metros planos en el mundial de París 2003. En los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, con una lesión en el tendón de Aquiles, recogió la medalla de plata. En cuatro años batió todos los récords. Su talento fue efervescente.

Para Ana no fue fácil explicarle a sus padres y amigos que se quería dedicar al atletismo, disciplina completamente opuesta a todo lo femenino en un país muy conservador. La joven Guevara tampoco sabía mucho del tema, ella sólo quería correr. Y centrada en una ecuación simple: “Acierto, error, repetición. Así se hace al maestro”.

Paralelas además a sus victorias llegaron las críticas fáciles sobre su físico. La identidad de Ana se construyó a partir de sus músculos marcados, el cabello largo amarrado. “Cuando estoy con amigos en un café, me dicen ‘oye ponte una gorra y unos lentes de sol’. Y digo y anteojos de sol. «La gente me ubica más así como voy ahora que pintada y arreglada. Entre más deportiva me ponga, más me van a reconocer”, comenta y deja ver una sonrisa.

Guevara no solo se enfrentaba a sus rivales en la pista, sino hasta de las dudas de su sexo. Cuando se coló entre las mejores 20 del mundo en 2001 debió someterse a exámenes hormonales. “En México eso no existía, a nadie se lo habían hecho, entonces el desconocimiento de los medios y de la gente les llevaba a sospechar que algo estaba mal”, explica. “Me tocó educar directivos, atletas, medios de comunicación e intenté que comprendieran lo que esto significada”.

Guevara triunfadora, superando todas las barreras.

Su carrera terminó el 2007, año en que compitió por última vez en la Copa del Mundo de Osaka, Japón. Guevara ya no soportaba la opaca gestión de su federación ni de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade). Un día de diciembre llegó al entrenar desganada. Estaba en las vísperas de otra cita olímpica, la de Beijing. “No tenía esta hambre de ganar, dejé de sentir eso”, explica.

Su partida tenía la intención de poner en evidencia las carencias en el deporte. “Todavía se repiten las mismas problemáticas y no ha cambiado absolutamente nada”, sentenció en esa oportunidad, la gran estrella mexicana y actualmente Directora de la Comisión de Cultura Física y Deporte de México, ex senadora de su país. Desde su cargo actual sigue buscando como terminar con esa problemática. Criticada y amada, Ana Guevara fue y será una leyenda panamericana.

Guevara en su oficina en el Conade mexicano