Jorge Orellana hizo presentación en Buenos Aires de su libro y es un colaborador de Faro Deportivo.

Además colabora con el diario cambio 21 y aquí reproducimos su extensa nota en la que se refiere a su momento literario y a sus experiencias de su práctica deportiva que es la maratón.

A mi maestro, hace muchos años

Quiero con infantil ansiedad encontrarme con la misteriosa calle de la tarde, antes de que esta se interne en la extraña fuente de oscuridad que la reclama ansiosa. Quiero asirme durante mi trote a la templanza contemplativa del efímero crepúsculo, siempre mágico, distinto al de ayer y al incierto del mañana, ¡nunca repetido!

Quiero conmoverme otra vez con los erráticos jirones de nubes rosadas que se deshilachan, llenando de inciertos matices el infinito cielo, hasta disiparse en una agonía que se hará vertiginosa ante el clamor del último gemido de la tarde. Quiero deleitarme con el asombro inocente de un niño ante el hundimiento de cada árbol del parque y cada piedra del río entre las majestuosas sombras de la noche.

No he tenido ánimo para asistir a tus clases y me sumo en una infundada y desconocida tristeza, ¿será el infantil temor de incumplimiento ante el compromiso asumido el que me agobia? Compasivo, mi cuerpo justifica la incorrección de mi inasistencia, tal vez porque en su sabiduría intuye que el de hoy habría sido un ejercicio estéril. Todo mi ser se había alejado, volando hasta un páramo extenso y prolífico de sueños. Evadido de lo real, al menos por esa tarde, la racionalidad no tiene acogida en mi alma. Afectado emocionalmente por magros resultados empresariales, siento que mi asistencia a tu clase carece de sentido y me resigno a mi ausencia hasta mejorar para poder volver.

Mientras corro por los sinuosos senderos de la calle Escrivá de Balaguer, pienso en lo que me estoy perdiendo. Mi maestro es un profesor ameno y muy instruido, ama la literatura y disfruta enseñándola. Parece no querer reservarse nada; sin egoísmo, reparte sus conocimientos en cada clase y en ellas derrocha un torrente de símbolos y mensajes literarios que escuchamos cautivados por la magia de su palabra.

Por sobre todo, es un hombre de imagen sencilla, que camina satisfecho por la vida. No hablo de felicidad, porque aquel es un estado que él -incapaz de soslayar las terribles injusticias que imperan en el mundo- solo puede alcanzar a través de relampagueantes destellos. La humildad de su figura y vestimenta le permiten contar con la inmediata simpatía de la clase, y los libros gastados que le acompañan, derraman sobre él toda la ternura del alumno.

Su silueta desgarbada transmite la inequívoca impresión de hombre bueno; hombre, por ser capaz de cometer errores y de padecer dolores, y bueno, porque no se ha dejado seducir por la materia y las innobles reglas del mercado, y también porque, aun a riesgo de no ser oído -como el aullido de un solitario lobo en la estepa- está empeñado en transmitir un legado de mensajes.

Al verlo caminar con paso cansino y mirada perdida, me invade la sensación -que alguna vez me ha invadido también ante la actitud frente a la vida de algún otro hombre- de que, si todos camináramos como ellos, el mundo sería mejor. Prevalecerá en ellos siempre la lógica del diálogo y el entendimiento.

He llegado al término de la calle, a un cierro que entre los corredores se conoce como “el muro” y que delimita el área que encierra una planta de agua potable. La noche se ha apoderado del parque, los pájaros se han silenciado y las luces se despliegan ordenadas en las casas de los cerros, haciéndolos parecer gigantes árboles de Pascua. Vuelvo a casa con el alma alegre, aunque consciente y culposo de mi inasistencia. ¡Confío en que recuperaré pronto el interés por retomar mis clases!

Tal vez el aspecto más seductor de mi maestro se relaciona con el rechazo a la pérdida de humanidad a la que nuestra sociedad nos conduce. Como Don Quijote, él se ubica en un reducto en el que defiende valores que gradualmente hemos ido perdiendo. ¿Compartiré con él algo de ese conservadurismo, ante la lucha que él propone y que yo respaldo con mi aprecio? En otros aspectos suele exponer ideas revolucionarias, que en general, también comparto.

Por las múltiples actividades que cumple, cuesta acceder a él. Una vez le hice llegar, a través de una de sus dos asistentes, algunos textos que yo había escrito, con la ilusión de tener un comentario de su parte, y además, con el fin de hacerle una solicitud que debió parecerle extraña: le propuse que acogiera por algunos minutos

de su clase a Luisito, un sencillo escritor argentino que alguna vez me atendió generosamente en mi visita a la casa de Sábato, cuando nadie me abría la puerta. En esa ocasión, Luis Manuel Noseda tuvo la deferencia de obsequiarme su libro, Memorias de un soñador, en el que destrababa las herrumbradas compuertas que contenían las aguas de su vida, y que a partir de ahí fluyen -según él declara con la ilusión de que algún sediento viajero abreve en ellas sin temores; ilusión que yo, por mi parte, comparto.

Con infantil y cándida preocupación, en las palabras que me dedicó en la contraportada de su libro, él incluyó todos sus datos, y en ese momento yo contraje un íntimo e injustificado compromiso con Luisito. Pasados varios años desde el episodio, se me ocurrió saldar mi compromiso invitándolo a Chile a una reunión de literatura.

Para ello requería sin embargo, la ayuda de mi maestro. Con mi petición, la idea era que Luisito participara en la clase, hablara de su pequeño libro y nos narrara alguna experiencia de su relación con Sábato. Yo estaba seguro de que aquel simple momento lo llenaría de júbilo, regresaría luego a Santos Lugares -el barrio que compartió con el escritor en Buenos Aires- y continuaría habitando allí su sencilla casa, vecina al museo en que se había convertido la casa de Sábato.

Atendería a los visitantes -como lo hizo conmigo un día- y podría contarles que alguna vez había acudido a Chile invitado por un taller para dictar una charla de literatura. Yo, por mi parte, asumiría con gusto los gastos de su viaje a Santiago, pero necesitaba unos minutos de la clase del maestro para materializar la fantasía de Luisito.

¡Nunca recibí comentario alguno sobre mis textos! Pero, más grave que eso, nunca tuve respuesta por mi solicitud hacia Luisito, lo que motivó en mí un genuino sentimiento de desazón, que fui superando con los meses, cuando atribuí la ausencia de su respuesta a la obligada necesidad de hacer más eficiente el rendimiento de los tiempos del maestro, que yo veía que se esforzaba por repartir entrelos talleres que impartía, en la redacción de las columnas que escribía, en la grabación de sus programas radiales y televisivos y en la intensa vida social a la que su status seguramente le estaba sometiendo.

En fin, yo debía entender que su nutrida agenda le impidiera acceder a los antojadizos requerimientos de cualquiera o de cada uno de sus alumnos. Sin embargo, se agravó en mí una sospecha: ¿Sería que -en beneficio de la eficiencia- el modelo acababa venciendo y acometiendo a cualquier actividad a un proceso de degradante deshumanización?

En tal circunstancia, el implacable modelo no permitía personalizar la atención hacia el alumno, insensible, ni siquiera dejaba tiempo para ocuparse de la prolongada inasistencia de alguien, por lo que perdí el interés de volver a las clases que lamentablemente, nunca más recuperé.

Jorge Orellana
Crónicas de Trote de Jorge Orellana

Epílogo

La semana recién pasada tuve la oportunidad de presentar mi libro “Crónicas de trote” en la Embajada de Chile en Buenos Aires. Recordé mi deuda con Luisito y consideré que era tiempo de saldarla y que tenía a la mano la ocasión propicia. Acudí a la editorial para ubicarlo. Solo quería saludarlo, regalarle mi libro e invitarlo a decir unas palabras. Encantado, y en compañía de algunos amigos, apareció Luisito el día consignado y pude constatar que su sencillez y generosidad se mantenían tal cual yo la había imaginado muchos años atrás.

Sus palabras, infundidas de sabia humildad cargaron de emoción el acogedor recinto, y su presencia, tuvo para mí la fugacidad de un resplandor que iluminó la noche, perpetuándome en el alma la extraña mezcla de placer, afecto y gratitud.

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