El aficionado al fútbol ya ha asumido la existencia del VAR como una realidad. Ya conoce su estructura, su funcionamiento y, fundamentalmente, sus fines y sus alcances. Es decir, el fútbol lo tiene internalizado.

Lo que se persigue con su implementación no está entonces en discusión. Y en ese sentido nadie podría cuestionar que siempre será bueno reducir los márgenes de error en un deporte de tanta actividad física, de mucho roce y de múltiples situaciones que transitan en el límite de lo reglamentario.

Desde esa perspectiva, pocos podrían oponerse a su existencia y siempre la búsqueda de la justicia, en esta caso la deportiva, es un valor a alcanzar.

Si el balón pasó o no la línea de gol, si fue penal, si fue o no mano, si existió o no infracción, si el jugador estaba  adelantado, en fin, todas estas acciones y muchas otras más, ahora son susceptibles de ser escrutadas y revisadas  no solo por el ojo humano sino que también con el apoyo de la maravillosa tecnología.

El VAR entonces no puede ser cuestionado desde esa perspectiva. Pero, aún así hay algo que preocupa. Lo que se gana en justicia (aunque no en un 100%) se resta en emoción,  se enfría la pasión y se pierde la instantaneidad y continuidad en el juego. Principios todos ellos lejanos a la justicia, es cierto,  pero muy cercanos a la esencia misma del fútbol.

No siempre se puede pretender tener la justicia total y absoluta. Menos aún si su excesivo afán por buscarla desnaturaliza las raíces de este hermoso deporte.