Ha muerto el » Guerrillero» y no fue una muerte sorpresiva, ya que desde hace algunos años arrastraba una dolencia cardíaca que lo mantuvo hospitalizado en los últimos días. A los 79 años fallece no solo un jugador y entrenador destacado sino que más bien un buen amigo.

Si algo caracterizaba a Manuel Rodríguez Araneda era su sencillez y su lealtad, reflejada en su compromiso con un solo club como jugador; la roja de Unión Española. Miento, hubo otra roja en su vida, la de la selección nacional, que vistió el año 1962 logrando el tercer lugar del mundial.

Una marca comercial retrató muy bien esta cualidad y reflejó en su propaganda  su rostro y este marcado sentimiento. No le costó mucho a Manuel Rodríguez mostrar su cara bondadosa.

Así como la tonada de Vicente Bianchi y Pablo Neruda y homenajeando a Manuel Rodríguez nos hablan del  patriota recorriendo varios lugares,  Manolo , -a quien apodaban » – el guerrillero», como entrenador tan pronto aparecía por Coquimbo, Magallanes, Cobresal y por la propia Unión Española, como el viento sobre la nieve.

Fue con Cobresal donde obtuvo su mayor logro como entrenador, a quien sacó campeón de segunda división y de la Copa Chile acuñando una frase que se hizo famosa y que reflejaba la poca importancia que en ese tiempo se otorgaba a esta competencia: » Recibí una Copa de palo», diría.

Me tocó de cerca conocerlo. Ambos como jugadores amateurs: l por «Atalanta» y yo por «La Cañada», en la Liga La Reina y jamás mostró aires de grandeza y se consideró siempre como un jugador más y sin hacer valer  jerarquía y su superioridad.

Cuando ejercía como reportero de cancha me tocó entrevistarlo en numerosas oportunidades y entre los dos se logró establecer, no solo una buena relación , sino que además extender la charla futbolera al lado de un buen café.

Amigo de toda una vida de muchos periodistas deportivos destacando entre ellos al incondicional «Cañón» Alonso.

Tuve oportunidad de verlo caminar en el último tiempo  por la Avenida Apoquindo, en el sector de Apumanque con paso lento y espalda curva, muchas veces acompañado de algún familiar, amigo o de su fiel hijo y amigo. Se notaba su cansancio y su padecimiento.

Por eso tal vez, no fue una muerte sorpresiva. Su cuerpo pedía el descanso eterno.

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