Nueva columna de Jorge Orellana, que le ofrecemos a ustedes, fieles lectores de Faro Deportivo.

Mi casa se engalana, se celebra un matrimonio y todos sus moradores nos cubrimos de un apacible regocijo. Temprano salgo a encontrarme con el magnánimo día. No podré trotar, una lesión rebelde me permitirá solo caminar de prisa.

La mañana cerrada de grises nubes y un viento cálido-presagio de una inminente lluvia– custodian el inacabado y sinuoso recorrido del río. Acelero el tranco hasta iniciar un trote suave cuando advierto que desde una entrada al río irrumpe un misterioso corredor.

-¡Hola amigo!– saluda feliz, dando saltos cortos y altos para correr a mi ritmo sin restar energía a su ejercicio.

-Hola– contesto divertido.

-Lloverá –sentencia categórico- y el agua, aumentará el caudal del río –agrega convencido– pero el agua se perderá sin que hayamos llegado a aprovecharla –corona con risueña ironía.

-¡No seas pesimista! Celebro hoy un matrimonio en mi casa y estoy muy alegre– respondo, en el preciso instante en que contradice mi tono sereno el rugido amenazador de un trueno y la lluvia retenida se desencadena prodigiosa –Estoy lesionado– agrego, no puedo ir más rápido,¡ve tú adelante! no quiero retrasarte.

-No me atrasas, siempre viajo a la velocidad de mi compañero– replica enigmático.

Un matrimonio –sigue- es algo maravilloso, deseo lo mejor a los novios –y guarda silencio sin inquirir detalles de la pareja, como si elevara una plegaria por el destino de ellos. Luego agrega: Y…, no soy pesimista, solo que a veces nos negamos a la realidad, lo que atenta contra la superación de nuestras dificultades.

Nos ocurre frente a fenómenos naturales y ante preocupaciones que nos corroen el alma.

-Perdona– lo interrumpo. Estamos cruzando el Puente Lo Curro, y me detengo para sacar una foto al río. Elijo el ángulo y capto la imagen, guardo el celular y busco hacia adelante su presencia para continuar el diálogo, luego lo busco hacia atrás.

¡No está! Me encuentro solo sobre el río y él ha desaparecido de la misma misteriosa forma en que se presentó. Solo y sobrecogido, continúo mi “trote–caminata”, oteando por su presencia en todas las direcciones, pero no vuelvo a verlo y me asiste la devastadora convicción de que jamás lo veré otra vez.

Vino a decirme algo, lo dijo y se marchó para siempre. ¿Qué quiso decirme? Repaso sus palabras. Habló del matrimonio, lo consignó como algo maravilloso y deseó a los novios lo mejor sin indagar sobre ellos. Les deseó buenos augurios y pareció que se integraba a la felicidad del compromiso.

Las incertezas alimentan la superación del tedio que la convivencia entre dos personas suele originar, pero ciertas sorpresas pueden implicar consecuencias irreconciliables en la relación, por lo que interpreté que aunque bastaba que la pareja enamorada compartiera sus vidas, al formalizar la unión ambos adquirían un compromiso que desde el campo emocional se extendía hasta el racional, lo que –aun afectando cierto romanticismo– al vivir al interior de una sociedad que exige formalidades impone a cada parte responsabilidades y obligaciones que fortalecen las confianzas.

Habló el corredor misterioso del conocimiento sobre la realidad y, claro, es verdad que -aunque resulte doloroso- eso siempre nos otorgará provecho. ¡A veces ese desconocimiento se opone al integral desarrollo de nuestra sociedad! Acude a mí una voz imaginaria que habita al interior de mi mente, habitualmente oculta en algún recodo o intersticio de mi cerebro y que en ciertas ocasiones se presenta oportuna, en mitad de mi ejercicio, cuando preciso de alguien con quien debatir sobre algo.

-El actual sistema de enseñanza desconoce que el primer objetivo de la educación es enseñar al alumno sobre la condición humana– clama la voz.

¡Vaya que tiene razón!, pienso. ¿Cómo puede conocer un niño la realidad de su comunidad si habita solo entre niños de igual condición? ¿No era el antiguo concepto de Liceo el que superaba aquella falencia? ¿Pueden estar ausentes en la formación de un niño disciplinas como la filosofía, las ciencias humanas, la literatura el teatro y la música? ¿Cómo hacemos para llegar sin ellas a un acabado conocimiento del ser humano? ¿No nos equivocamos acaso cuando proponemos otorgar recursos a la gratuidad en la educación superior en vez de fortalecer la educación desde la base, para evitar la actual injusticia que el sistema arrastra desde la cuna?

Superar esta postergada causa social requiere de conocer nuestra realidad primero, para luego esforzarnos por vencer el natural egoísmo que asiste a nuestra condición humana y que nos inhibe del coraje de efectuar ciertos cambios.

-Me parece que la ciudad se ha extendido demasiado y que si eso continúa la calidad de vida se deteriorará hasta extremos insospechados– alega la voz. ¡Claro que tiene razón!, pienso. ¿Hasta dónde puede crecer una ciudad en la que los desplazamientos de una persona para acudir al trabajollega a ser de dos horas a la ida y dos más a la vuelta? ¿

Es lógico que la autoridad continúe invirtiendo recursos para mejorar la infraestructura vial, cuando el incremento vehicular supera con creces la posibilidad de mantener las velocidades de viaje y desplazamientos con los recursos disponibles? ¿Es posible aumentar la población en la cuenca, obligando a los habitantes a escalar por los cerros con sus viviendas? ¿No sería más conveniente promover la descentralización –asignan do los exiguos recursos a las provincias estratégicamente elegidas- a través de la creación de servicios y del ofrecimiento de franquicias tributarias que permita a los habitantes desanclarse de la ciudad catastrófica y deshumanizada a la que el sistema los ha condenado?

Superar este problema requiere apreciar la realidad que se está incubando en las grandes ciudades y pretender resolverlo asignando nuevos recursos  siempre será insuficiente, porque la ciudad se extiende a mayor velocidad de lo que los aportes pueden compensar y para vencer el mal las autoridades deben derrotar la indolencia que les impide enfrentarlo.  -Creo que las empresas han crecido en demasía, lo que ha hecho que el poder económico se haya concentrado en pocas manos– intercede la voz. ¡Es verdad! ¿Puede ser entendible que tan pocas familias hayan logrado tanto poder económico?

¿Resulta aquello conveniente para el país y para los mismos grupos? ¿No estaremos sembrando un descontento social que germinará en deplorable estallido un día?

¿No sería adecuado revisar la engorrosa legislación tributaria vigente y modificar la tasa de impuesto a las empresas, aplicándola –de acuerdo con lo requerido- en cada ejercicio de manera proporcional a la utilidad obtenida en tal período?

La superación del flagelo del desequilibrio pasa por la exigencia de las autoridades y la lógica del emprendedor… Porque, ¿cómo justificar moralmente que una persona atesore bienes materiales más allá que los necesarios para vivir una vida apacible, libre de tormentosos avatares económicos?

¡No puede ser la creación de riqueza personal el gran objetivo del hombre! Para superar aquello se requiere vencer el pecado de la codicia, pecado que anida en la esencia del ser humano. Pero éste es un día pleno de optimismo y no quiero lucir pesimista, porque arrastro la feliz ilusión del matrimonio que engalana mi casa.

Separado de los visitantes que me han acompañado, estoy terminando mi paupérrimo trote y, por el contrario, me extasío lleno de optimismo en el ser humano, pensando que la real epopeya del hombre radica en aceptar la convivencia con el legado adquirido al nacer y la clave está en rebelarnos cada día a los vicios que incluye la esencia de ser, y en uso de las virtudes que también heredamos, buscar la redención en cada instante, porque aquello es lo que en definitiva distingue nuestra condición de hombres.

Jorge Orellana

Por: Jorge Orellana

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