El viernes 1 de febrero fue de completo júbilo para la numerosa afición de la Vinotinto, no solo en Rancagua y en diferentes partes de Chile y el mundo entero, pues por primera vez en la historia se le había ganado en un partido oficial a la mítica selección de Brasil.

Los dos goles con una técnica y exquisitez incluida que dejó rezagado a múltiples contrarios fue el manjar de una noche mágica, aparte de pavimentar en la teoría su sendero a la Copa de Polonia.

Pero del posible “envión anímico” que significó el vencer a la cinco veces campeona de la categoría se vino un desplome al mejor estilo literal de un castillo de naipes.

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Rafael Dudamel

Y porqué decimos ello?

El accionar en los tres partidos siguientes fue un epílogo del descenso y cruel desparpajo de una Selección, que al verse superada por Argentina, quien supo desnudar las falencias ofensivas venezolanas, y la vinotinto no supo cómo enmendar el recorrido, al punto de recibir la pésima cifra de ocho goles en tres partidos.

Entre los cuatro primeros partidos de la Fase de grupos y los dos cotejos del Hexagonal final los dirigidos por Rafael Dudamel solo habían recibido seis.

El factor mental se vino abajo y al verse controlada por los rivales, las desatenciones aunada a la escasa propuesta en ataque, aceleró la eliminación de un elenco que venía de deleitar al igual que Ecuador en la Fase Grupal.

En cuanto al físico, que asomaba como una de las virtudes de estos Chamos, terminó desvaneciéndose, siendo una clara muestra de ello la expulsión infantil de Jan Hurtado al agredir a un contrario colombiano.

Además la poca confianza en su banquillo fue otro de los aspectos negativos de Rafael Dudamel. De un universo de 23 elementos, el exportero siempre contó con 14 fijos, salvo algunas excepciones en determinados partidos.

Lo que sí no es un secreto y si una dura verdad, es que el peso de iniciar como una de las selecciones más solventes, terminó siendo un arma de doble filo para unos muchachos que a pesar de su corta edad aprendieron en cuestión de días a sentir el éxtasis de la victoria y rápidamente la amargura de la decepción.

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