1958; tras la final del Mundial en Suecia que dio a Brasil su primer título, Garrincha sorprendió a todos al criticar la calidad de ese torneo: “¡campeonato sin gracia este, que no tiene ni segunda vuelta!”. Brasil acababa de golear por 5-2 a la selección de Suecia ese 29 de junio de 1958. Era el broche de oro para una soberbia campaña de seis partidos, de los que ganó cinco y empató uno con una producción de dieciséis goles y apenas cuatro en contra.

Cuatro años después, el 13 de junio de 1962, la historia quedaba encarrilada para que los brasileños repitieran Mundial tras derrotar en las semifinales por 4-2 a Chile, los dueños de casa. El problema era convencer a la FIFA de ignorar la expulsión del delantero derecho Manuel Francisco dos Santos, más conocido como Garrincha, quien se había convertido en la figura de Brasil tras la baja por lesión de Pelé en el segundo partido.

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La apelación para convencer a la FIFA de permitir a Garrincha jugar la final, el 17 de junio, movilizó vertientes políticas y diplomáticas “en nombre del pueblo brasileño”. Sus defensores recordaron los antecedentes de buena conducta del jugador, quien para entonces se perfilaba como el mejor jugador de ese Mundial. La FIFA absolvió por 5 votos contra 2 al brasileño, quien de inmediato superó la depresión y a continuación quiso saber qué le faltaba a Brasil para ganar el segundo Mundial de su historia.

“¿Con qué equipo es que vamos a jugar la final?”, preguntó.

“Con Checoslovaquia”, le respondió uno de sus compañeros.

“¿Cuál es Checoslovaquia?”, indagó Garrincha sin recordar que ya se habían enfrentado sin goles en la fase de grupos en la que vencieron además a México por 2-0 y de remontada a España por 2-1.

“Es aquella selección que empató con nosotros en el segundo partido, aquel en el que se lesionó Pelé”, le explicó otro. “Ahh, aquellos que son grandes y fuertes pero no juegan nada”, remató el hombre que nació con las piernas torcidas el 28 de octubre de 1933.

Garrincha es el nombre de un pájaro muy veloz pero sin clase ni vistosidad, como el habilidoso jugador que nunca se preocupó por saber detalles de la forma cómo jugaban sus rivales. No era por arrogancia o menosprecio, simplemente no le interesaba la táctica.

Luego de vencer a Chile en semifinales en 1962, Garrincha decía: “El balón vino por la izquierda, y yo no remato bien con esa pierna, pero no tenía cómo cambiar de pie. Entonces chuté con la izquierda imaginando que era la derecha”

Lugo llegó la final en el mundial chileno; el 17 de junio de 1962, en los graderíos del Estadio Nacional de Santiago aguardaban 68.679 espectadores para ver el duelo por el título entre Checoslovaquia y Brasil. Esa mañana, Garrincha despertó resfriado y con una fiebre de 39 grados, lo que obligó al doctor Hilton Gosling a suministrarle un auténtico arsenal de analgésicos para poder ponerlo en pie. Minutos antes de entrar en la cancha un hombre en precario estado de salud, el mismo que había marcado cuatro goles en ese Mundial preguntó al seleccionador Aymoré Moreira: “Maestro, ¿hoy es la final?”. Con cierto espanto el técnico y otros jugadores le respondieron en coro que sí. Y con sonrisa inocente el genio de las piernas torcidas concluyó: “Ah, con razón hay tanta gente”.

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Garrincha ganó fama, pero sucumbió a los vicios de todo tipo. “La alegría del pueblo” como le llamaban, días antes de morir un Garrincha de rostro regordete que ya no irradiaba felicidad al pueblo pero sí compasión admitió emocionado: “Me convertí en un símbolo de lo que no se debe ser en la vida”.

Por Julio A. Aparicio

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