Una nueva semana ha transcurrido, e implacablemente, el día sábado me recuerda que debo escribir esta columna. Se cumple un año desde que lo vengo haciendo en forma ininterrumpida, y esta obligación autoimpuesta, como todo aquello que aunque disfrutamos, al volverse rutinario, puede tornarse en agobio, que para vencer, nos obliga a recurrir a nuestro rigor y disciplina. La disfruto, porque tal vez con algo de arrogancia, siento como si tuviera algo que comunicar, y además, porque la percibo como una forma de dialogar en el futuro con mis descendientes.

Siendo franco, diré que esta vez no he pensado en nada y como no dispongo de otro instante para hacerlo, escribiré acerca de la semana recién pasada y de la maratón de Santiago, que me apronto a correr mañana.

Al vestirme para un trote corto y de última preparación previa a la gran carrera de hace unos días, conjeturo sobre el paso de una semana, en la que, aunque pareciera que no ha ocurrido nada importante – de igual forma en que un glaciar pierde una importante masa de hielo en tal período acercándose un poco a su desaparición -en una semana ocurren cambios en la vida de un hombre, menores y de apariencia poco incidente, pero que al continuar consolidan los grandes procesos de cambio.

Troto siendo aún de noche, pues quiero aprovechar la mañana. A mi regreso, cuando los primeros rayos del sol de otoño se anuncian con timidez por el oriente, me sumerjo al interior de la cuba, y me apoyo en la sinfonía 40, exigiendo a Mozart que me transmita un mensaje de inspiración. ¡Y de alguna manera lo hace! Recojo, con la fruición del andrajoso que coge el alimento limosneado, la melancolía del otoño que rasga mi pielcomo un acerado puñal, en respuesta al sobrecogedor estertor de un aullido nacido hace 250 años. ¡Me pone en modo literario! Y aquello me permite internarme enlos temas de esta semana:

Hace 20 años corrí aquí en Santiago, por primera vez un maratón, por esos criterios personales difíciles de explicar, me pareció una deslealtad le elección de otra ciudad. La corrí entonces en 4:45:47, y ahora, confíaba en mejorar ese tiempo, pero… no es el momento de hablar de ello, ya habrá tiempo mañana.

El gobierno invita a dialogar sobre Seguridad. Algunos, desde la oposición, dignificando su investidura, aceptan y concurren. Un amigo, que dignifica la actividad, ante voces que se enmarañan en su desconcierto, señala con sensatez: ¿Desde cuándo aportar con el diálogo se opone a ser oposición?

Y uno que se siente grande, sin el permiso de su Partido, se empequeñece al excluirse. ¡Lastimosa falta de coraje! Pero… ¡No quiero escribir más sobre eso! ¡No vale la pena!

Me sorprendo al oír debatir sobre inmigrantes. ¡Qué duda cabe! Debe existir una legislación que establezca a quienes y cuantos se acepta acoger, y las condiciones que se les ofrecerá para que inicien en nuestro país una vida digna. ¡Obvio! Contribuirán en valiosa forma al desarrollo del país solo si no se los confina al denigrante hacinamiento. Pero… De verdad ¿Cómo ahondar en aquello?¡Resulta tan evidente!

Contradictorio resulta el cuestionamiento que se ha hecho del TC, para algunos es un elemento regulador del equilibrio democrático, mientras que para otros, es un elemento disociador en la política contingente. Lo cierto es que existe desde el año 1970, que se lo ha modificado en reiteradas oportunidades, y que sus integrantes provienen de todos los sectores. ¿Entonces? ¿Cómo oponerse a sus resoluciones solo cuando no nos gustan? ¿No es eso oportunismo? Se lo podrá modificar o eliminar con el consenso necesario las veces que se desee, pero mientras exista, sus resoluciones deben respetarse. Luego… ¿Vale la pena insistir en ello?

Un destacado escritor que escribe columnas siempre imbuidas de un aura de melancolía otoñal que a veces me conmueven, se refiere al consumo, y concluye que siempre que alcanzamos un bien soñado descubrimos que este no basta y que como las aguas que al acercarse a un desagüe describen acelerados círculos concéntricos, aumenta siempre nuestra ansiedad por poseer bienes. Quienes escribimos, aunque habitualmente repudiamos el consumo, terminamos acumulando libros más allá de lo que en el resto de nuestra vida podremos leer, por lo que, como la mayoría de los hombres, terminamos siendo lo que criticamos. Me parece un tema interesante, intentaré abordarlo en otra ocasión…

“La vida es un destello que transcurre entre dos abismos de oscuridad”. Visité Puerto Montt esta semana, y la tarde del jueves sostuve con algunos amigos que escriben, una tertulia, o sea, una simple reunión entre amigos destinada al sano hábito de conversar, y en ella, un escritor regional utilizó esa expresión para referirse a lo limitado de nuestra existencia, que no pasa de ser un relámpago que interrumpe por un breve segundo la densa oscuridad de la noche.

Voltaire, que así se llama, fue durante treinta y tres años capitán de un barco velero y navegó por los mares del sur. Recalado en la ciudad, Voltaire escribe al estilo Coloane, sobre las historias que acumuló en sus correrías marinas desde el Golfo de Penas hacia el Norte, y sus temas hablan del fatalismo del sureño, del respeto al medio ambiente, a los bosques y a la contaminación de los mares,y del pasivo acontecer de la vida entre los Chilotes.

No reniego de mi vida, que considero inquieta y variada, pero al escucharlo hablar me invade el deseo de haber destinado una parte de mi existencia a la navegación. El mar, poderoso atractivo que extasiaba mi niñez por el misterio de sus inacabados y desconocidos límites, fueron develados por este hombre de espíritu aventurero, que llegó a conocer como la palma de su mano los archipiélagos y cada una de las islas que los conforman. Aquello me produce admiración, algo de envidia, y el irrefrenable deseo por explorar algún día esos recónditos lugares. El encuentro, de valiosa ocurrencia, fue algo digno de destacar en la semana que acaba.

Antes de despedirnos, coincidimos en que al escribir, un hombre debe hacerlo con total libertad, de otra manera, jamás podrá ser libre. Al despedirnos nos regala su libro “ Por el mar de Chiloé y otros rumbos” y en la lectura de algunos de sus cuentos percibo la fuerza primitiva que asola al isleño, fraguada en su soledad, que determina su carácter rencoroso y la generosa hospitalidad que lo distingue.

Llega el domingo, y con él, la anhelada fiesta: El maratón de nuestra ciudad. Con mi hijo y un amigo nos dirigimos a la Plaza de la Ciudadanía. Sergio se ha lesionado un pie el día anterior, pero vamos optimistas y como siempre antes de largar, de excelente humor.

Es duro el trazado de esta carrera si se la compara con otras, pero parece ser parte de nuestra identidad la de elegir caminos difíciles, tal vez nuestra topografía y la naturaleza que nos circunda tenga incidencia en ello.

Rápidamente, veo alejarse con nostalgia la reconocible silueta del amado hijo, que distingo por un rato en el que repaso nuestras vidas. ¡Habrá sorpresas! En el kilómetro 28, su imagen aparecerá delante de mí, y yo tendré que decidir la forma de enfrentar el resto de mi carrera.  En el kilómetro 32 Ignacia de 5, y Vicente de 3, hijos de Sergio, corren de mi mano por un tramo de 150 metros.

Seguimos, su lesión complica a Sergio, y yo en cambio, que he hecho la subida de la carrera, estoy bien para enfrentar la bajada de los últimos 10K. Generoso, me larga entonces: ¡Dale tú! Algo de habitual ocurrencia al correr, sin embargo en esta tibia mañana otoñal, no estoy dispuesto a dejarlo por la frívola recompensa de ganar unos minutos, sin replicar en cambio, esa misma lección, que tantas otras veces, él mismo me ha regalado.

¡Me voy con él! Nos alentamos mutuamente. Uno a uno veo caer mis objetivos. No bajaré de las 4:30. Tampoco podré mejorar mi tiempo de 4:47. ¡Superaré las 5 horas! ¡No importa! Él terminará su maratón N°15 y yo la 41, y como algunas otras veces, acudiremos juntos a retirar la medalla, después de cruzar la meta de la mano, en 5:02:02.

Los participantes se retiran en silencio, cabizbajos por el esfuerzo y ante el pudor de haber vuelto a ser niños.

Transcurre una semana más de las no más de 5.000 que alcanza a vivir solo un puñado de hombres. La vida de algunos habrá cambiado en forma importante y para el resto, aunque no haya habido grandes cambios, esta semana, seguramente, no será indiferente.

Jorge Orellana Lavanderos
Jorge Orellana Lavanderos

 

 

 

Por: Jorge Orellana Lavanderos

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