Después de muchas discusiones sobre el uso de la tecnología, y haciendo frente a adherentes y opositores, ésta llegó para quedarse y reducir el margen de error.

La ayuda de la revisión de las jugadas sirvió para que éste sea el Mundial con más penales a esta altura y para aclarar muchas jugadas que los árbitros sancionaron apuntando al punto penal y luego tuvieron que modificar el cobro (falta sancionada a Neymar ante Costa Rica que no fue y penal en contra de Colombia ante Nigeria que fue cambiado por bote a tierra).

Un ejemplo para graficar su uso es el ocurrido en el duelo entre España y Marruecos. Iago Aspas convirtió un gol pero se recurrió al videoarbitraje (VAR) para definir si estaba en posición adelantada cuando España perdía 2-1. Sin su uso posiblemente el árbitro habría anulado el tanto por la posición tan dudosa pero recurrió a la modernidad y  necesitó de dos minutos y medio, analizando las imágenes, para la decisión definitiva.

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Fue extraño. Todos se miraban inmóviles. La acción entraba en dos minutos eternos y soporíferos. Tal como debió suceder con los primeros destellos de la luz eléctrica en el siglo XIX, el videoarbitraje se benefició de la emoción inicial durante su debut en la Copa del Mundo. “ ¡La tecnología funciona!”.

De inmediato, muchos se sumaron al entusiasmo de esta especie de “juguete nuevo”. Pero el impacto del VAR, aparentemente, también es perjudicial. En lugar de vestir el uniforme de árbitros que simbólicamente utilizan al analizar las acciones y repeticiones en la crucial “Sala del VAR” de la FIFA, los encargados de analizar el video deberían utilizar delantales.

Porque su presentación está ensuciando el encanto fundamental de un deporte que funcionó a la perfección durante mucho tiempo sin la tecnología. El simple espectáculo del fútbol — 22 jugadores bajo la vista de un pequeño grupo de árbitros dentro del campo y cuyas decisiones, acertadas o equivocadas, tenían el mérito de ser fáciles de observar — pierde su nitidez con los elementos confusos del VAR.

¿Por qué los árbitros utilizan la asistencia del video en ciertas situaciones y no en otras? Eso no está claro. ¿Qué es lo que les dicen los encargados del video en la sala de Moscú a los auriculares de los árbitros en el estadio? Eso también se desconoce, porque la FIFA no está difundiendo esos diálogos.

Y ¿por qué, con árbitros y asistentes en la cancha, cuatro pares de ojos en el VAR, varias pantallas y repeticiones en cámara súper lenta a su disposición, se siguen tomando decisiones equivocadas? Tal vez menos, pero erróneas a fin de cuentas. La respuesta a la última pregunta es sencilla: Porque son humanos.

Los errores eran más fáciles de aceptar antes del VAR. Antes, el fútbol le impuso a jugadores y aficionados el concepto de la imperfección humana. El pacto tácito del deporte es que este es un juego rápido que inherentemente está repleto de oportunidades para el error humano.

Sin embargo, la adición del VAR socava esa filosofía, porque vende la idea de que la tecnología acerca a los árbitros a la perfección.

Ahora, cuando los errores se cuelan y vencen al sistema, hay más personas que quedan mal y los errores son más difíciles de perdonar de lo que solían ser cuando los cometía un menor grupo de personas sin ayuda de la tecnología.

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Antes, se habrían maldecido los errores arbitrales, pero si eras razonable, también tenías la posibilidad de, muy en el fondo, entender por qué sucedieron. Con el VAR simplemente no hay excusa.

El VAR ha evitado algunas injusticias en el Mundial. En uno de los mejores ejemplos se encuentra el penal que el árbitro holandés BjornKuipers otorgó a favor de Neymar ante Costa Rica, pero después acudió a revisar el video para determinar que el astro brasileño fingió la falta.

Rara vez utilizado, el VAR no ha interrumpido tanto los encuentros como ocurre con la revisión de las repeticiones en el fútbol americano. Pero las breves pausas, en las que el árbitro consulta las pantallas a un costado de la cancha, parecen frenar la acción de deporte que antes era más fluido.

Cuando el VAR no ha acertado, al no señalarse faltas o usarse en forma intermitente, la sensación de que se ha cometido una injusticia se dispara debido a que la tecnología minimiza la tolerancia a los errores entre los jugadores, entrenadores y aficionados.

Y con el VAR, se ha vuelto común hasta el fastidio la imagen de jugadores y entrenadores que instan a los árbitros a usarlo, trazando con los brazos un cuadro imaginario. Simplemente no es agradable.

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Carlos Queiroz, el experimentado entrenador portugués de Irán, tenía argumentos sólidos al quejarse furioso de una opaca toma de decisiones con el VAR, después de los errores en el empate 1-1 con Portugal, incluido un penal debatible para Cristiano Ronaldo y, de manera inexplicable, la decisión de no expulsarlo cuando propinó un codazo al rostro del zaguero iraní MortezaPouraliganji.

“¿Quién toma la decisión? Tenemos el derecho de saberlo. La gente necesita saberlo”, recalcó Queiroz. “No hay espacio para errores humanos”, agrega.

El entrenador dice que “los errores humanos antes, los aceptábamos, eran parte del juego. Los jugadores cometen errores, los técnicos y los árbitros también”.

“Pero una vez que tienes un sistema que cuesta una fortuna, con alta tecnología y cinco o seis personas involucradas, nadie asume la responsabilidad”, explica Queiroz.

“Los árbitros en la cancha se están… lavando las manos. Se deslindan de las decisiones porque quienes las toman están allá arriba. Y los chicos de arriba no saben qué deben hacer. Paren esto”, dice Queiroz. Es la opinión con argumentos de un técnico con experiencia. Todos tenemos la nuestra, mientras tanto debemos hacernos la idea que la modernidad llegó al fútbol para quedarse y que su esencia ya mutó, nos guste o no.

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