El deporte y el atletismo chileno en particular ha tenido grandes exponentes durante su historia. Solo basta con recordar a los medallistas olímpicos Manuel Plaza y Marlene Ahrens o más recientemente Gert Weil y Sebastián Keitel

Pero hubo una época en la historia del deporte sudamericano en la que el atletismo chileno era protagonista de las competencias internacionales, una época dorada que tuvo como uno de sus protagonistas más destacados y a la vez más olvidados a Vicente “Potrerillos” Salinas.

“Pueden haberlo superado en la categoría del triunfo, en la valía de la performance, en el grado internacional de la victoria, mas nadie ha podido aventajarlo como atleta de temple, como campeón innato, como crack de cracks”, señala una crónica de revista Estadio publicada en 1945 y que recuerda a este deportista que se caracterizó siempre por su empuje y dedicación.

El artículo no se mide en loas para atleta nacional que descolló durante la década del 20 y del 30, “prototipo del competidor hecho fibra y coraje para sobresalir en las más difíciles pruebas, en las más duras contiendas, de corazón doble para sobreponerse siempre a base de la voluntad, de audacia, de fe y de nacionalidad”.

Lo cierto es que “Potrerillos” era de ese tipo de deportistas que crecía de acuerdo al desafío que se le presentaba. En las competencias internacionales, las de mayor responsabilidad, ante los rivales más peligrosos y de más cartel, mejoró siempre sus actuaciones.

Santiago, Montevideo, Lima y Buenos Aires fueron escenarios de sus hazañas de formidable velocista. La crónica de Don Pampa agrega “nadie de los que vieron sus arremetidas impresionantes, sus despliegues de coraje y de energías para llegar primero a la meta y darle éxitos a su bandera”.

La prensa de la época destacaba además su impronta “la gente no podrá olvidar las llegadas emocionantes, con sus zancadas avasalladoras y sus cabeceadas de toro bravío al romper la huincha”.

De corazón amateur

Para “Potrerillos” el deporte no era un camino para asegurar su futuro económico o acrecentar su fama, al contrario, siempre gustó de cultivar el bajo perfil, ser atleta y nada más que atleta.

Por tal motivo, en este ambiente nuestro tan olvidadizo e ingrato no recibió, pese a sus hazañas, el reconocimiento justo y natural. Tampoco ya en su época de vejez recibió mucha ayuda económica por parte de las autoridades lo que lo hizo enfrentar la vejez sumido en la pobreza.

Pero él nunca exigió nada tampoco, siempre se consideró un soldado del deporte, disciplinado, siempre dispuesto a representar a nuestro país cualquiera fuese la competencia. Si Chile necesitaba puntos para ganar, ahí estaba Vicente Salinas.

Vicente Salinas y su sonrisa característica al correr.

“Si hay que correr, corro” era su respuesta. Deportista amateur puro no se atrevió nunca a insinuar nada, y vaya que necesitaba de la ayuda, empleado modesto, de sueldo escaso, apenas le alcanzaba para sostener un hogar con esposa y tres hijos.

Su precariedad era tanta que una tarde de 1935, en la que conquistó el campeonato sudamericano derrotando al argentino Anderson en la final de los 400 metros, no tenía dinero siquiera para tomarse un café a la salida del estadio. Tuvo que invitarlo Carlos Strutz, entrenador de la época.

En la boletería se habían recaudado más de cuarenta mil pesos de la época, muchos de ellos para ver la performance de “Potrerillos”, pero de esos ingresos Vicente no vio nada, parecía ser que solo los aplausos y la gratitud de la gente eran su verdadera recompensa.

Nadie se preocupó de darle una ocupación mejor remunerada que lo hubiese librado de apremios económicos y de obligaciones que no le permitían dedicarse cien por ciento al deporte que él amaba.

La vida en el retiro

Fue precisamente la necesidad de mantener a su familia lo que motivó el alejamiento de las competencias de “Potrerillos” pese a que tenía aun gasolina para seguir en el primer nivel por un par de años más.

“Se acabó el atletismo para mí”, no dijo la verdadera razón. Pobre, pero digno, no dejó escapar la verdadera causa que podría haber sido vista como una exigencia. “Me cansé de correr, nada más”, les respondió a quienes insistieron en que era una locura cortar de reprente la estelar carrera de uno de los más grandes atletas sudamericanos.

Así, lo dejaron partir. Quizá todo hubiese sido distinto si aquella tarde su respuesta fuera “si el atletismo me necesita, ayúdenme. Debo trabajar para los míos. Con medallitas no puede haber puchero en mi casa”, pero no lo hizo.

De esta forma se perdió un atleta que podría haber cosechado muchos triunfos más para nuestro país, así lo creía el entrenador Carlos Strutz, “el Negro pudo ser un estupendo corredor de medio fondo. En ochocientos metros habría sido temible”.

Pero de ahí en más “Potrerillos” se dedicó a apoyar la actividad desde fuera. Vecino de la comuna de Recoleta acudía con frecuencia al Estadio Popular de esa comuna a ver a las nuevas figuras que comenzaban a despuntar en el atletismo.

Una vida de anécdotas

Hay pocas cosas que pueden describir de mejor manera quién era Vicente Salinas que las múltiples anécdotas que tuvo durante su carrera deportiva.

Una de ellas ocurrió durante el sudamericano de atletismo de 1933 en Montevideo, Uruguay. El entrenador del equipo de Brasil le habló varias veces antes de la carrera de 200 metros en tono amigable y cordial, pero malicioso para debilitarle la moral.

“En los doscientos metros no tienes nada que hacer. Almeida está muy bien, está corriendo 21’8”. decía el entrenador a lo que Salinas respondía “yo también estoy en 21’8. Pero los 200 metros son míos, si Almeida corre 21’8 yo corro en 21’7 y le ganaré por un metro, mañana conversamos”.

Al día siguiente, después de la carrera, el primer abrazo que recibió fue del entrenador brasileño. Un abrazo sincero, entusiasta y caluroso “hombre -le dijo-, eres un brujo. Te he cronometrado tu tiempo: 21’7 y ganaste por un metro”.

Vicente Salinas llegando a la meta en primer lugar. Una postal repetida en los años 30.

Otra anécdota ocurrió en Buenos Aires en 1931 en el Sudamericano que se realizó en Argentina. “Potrerillos” había ganado los 400 metros; segundo entró el uruguayo Dominguez, valor sobresaliente de los orientales. Invitaron a los mejores de Chile a competir en un torneo extra, en Montevideo. Se corrieron los 400 metros y, ante la sorpresa general, se vio llegar en los primeros puesto a Puglissi de Brasil y a Dominguez de Uruguay, ambos superando el record sudamericano. Vicente Salinas que llegó más atrás se presentó ante el jurado.

“Señores la cancha está mal medida. Yo sé lo que corro y estos rivales no me pueden ganar”, reclamó Salinas ante los jueces. Los propios dirigentes chilenos no daban crédito a los reclamos de “Potrerillos”, pero el juez argentino Lacoste, una vez terminado el torneo llamó a Salinas y le dijo: “Vamos a medir la cancha”.

Luego de realizada la medición, los jueces se percataron que Vicente tenía la razón, a los andariveles de los rivales les faltaban casi diez metros, mientras que el número uno donde corrió el chileno medía 400 metros con 80 centimetros. Se corrió de nuevo la prueba al día siguiente y Salinas ganó por diez metros de diferencia.

“Potrerillos” Salinas fue uno de los más grandes deportistas chilenos de las décadas del 20 y del 30, pero poco se habla de las múltiples hazañas que consiguió para el deporte nacional. Solo un modesto club deportivo del norte de nuestro país lo homenajea con su nombre, algo que seguramente habría sido del agrado de Vicente Salinas, porque lo suyo no era la estridencia, lo suyo era correr por y para el pueblo, la tierra antes que el recortan.

Comentarios

comentarios