Para muchos amantes de la Fórmula 1, Ayrton Senna fue y seguirá siendo el mejor piloto de la historia. Aún cuando las frías estadísticas y títulos no lo ratifiquen, el estilo del brasilero y el impacto de su muerte lo sitúan en esa categoría.

El circuito de Imola fue el escenario del fatídico accidente del domingo 1 de mayo de 1994. El viernes anterior Rubens Barrichello se despistó en la variante Bassa y protagonizó un fuerte accidente durante las pruebas libres; Senna lo visitó en el hospital y quienes lo acompañaron lo observaron inquieto, conmocionado y ansioso.

Al día siguiente, Roland Ratzenberger perdió el control de su Simtek al rompérsele un alerón en la curva Villeneuve y golpeó de frente contra el muro a más de 300 km/h. El choque del piloto austríaco, que debutaba en esa temporada, fue fatal.

Y el domingo llegó el escalofriante accidente de Senna, que apagó su vida cuando el Williams FW16 Nº 2 se estrelló contra el muro exterior de la curva de Tamburello, a 216 kilómetros por hora.

Los intentos por reanimarlo fueron inútiles y 6 horas después se confirmaba su muerte.

Senna fue un piloto en extremo competitivo y de calidad incuestionable, ganador de 3 campeonatos. Un experto en correr bajo la lluvia y alguien que modificó el ambiente de cada carrera por su personalidad carismática.

Para los archivos quedará el que cinco años antes, junto a Gerhard Berger, intentó modificar la trayectoria de aquella variante de Imola, pero el curso del río Santerno, que discurre por detrás, lo impedía.

Precisamente esa curva que años antes resultó un milagro para las vidas de Nelson Piquet, Berger, Michele Alboreto y Riccardo Patrese, fue la trampa que apagó la vida del astro paulista.